Messines. Un Éxito Efímero.

   Todas las expectativas aliadas en el frente occidental se habían depositado en la gran ofensiva de primavera de Nivelle, pero la debacle sufrida y los motines que asolaron al ejército francés a finales de la primavera de 1917, allanaron el camino para la propuesta de ataque del comandante en jefe británico. Douglas Haig quería dejar claro que eran él y su BEF quienes podían alcanzar la victoria en el frente occidental, como ya había previsto hacer, de manera infructuosa, el año pasado en el Somme. Ahora se volvía a presentar una nueva oportunidad. La victoria de las divisiones canadienses en la cresta de Vimy había insuflado nuevos ánimos tras la sangría del año anterior.

   El ejército francés se encontraba lejos de ser una fuerza efectiva capar de realizar cualquier operación eficaz hasta que los motines fueran sofocados, tarea en la que Pétain estaba luchando. Por lo tanto, los británicos eran los únicos capaces de realizar acciones de cierta escala. Haig llevaba tiempo planeando un ataque de profundidad en Flandes. La razón de este ataque era ocupar las zonas donde se encontraban las bases de submarinos alemanes, algo que gustaba, y mucho, al Almirantazgo, por lo que recibió el visto bueno para planificar su ataque. A principios de junio Haig comenzó a trasladar al grueso de la BEF a Flandes. El objetivo principal del ataque era abrir una ruta hacia la costa flamenca, y en ese camino se encontraba un objetivo clave, la sierra de Messines al sur del saliente de Ypres.

La tierra de Flandes

Mapa del frente en Messines.

   La sierra de Messines, de unos 75 metros de altura y de 24 km de largo era una de las zonas altas que los alemanes habían ocupado durante la batalla de Ypres. Se trataba de una posición clave entre las localidades de Ypres y Armentières. Los alemanes eran conocedores de su importancia estratégica, y desde 1914 habían comenzado a fortificarla, no solo con alambradas y sistemas de trincheras, también habían construido refugios y sólidos fortines de hormigón, junto con posiciones para la artillería que castigaba a las fuerzas británicas en Ypres. Se trataba de una sólida línea defensiva que tenía ambos flancos apoyados en las localidades de Messines, al sur de la sierra, y Wytschaete al norte, dominando Ypres, ambos muy fortificados y que según las órdenes del general alemán Maximilian von Laffert, en caso de ataque debían ser defendidos hasta el último hombre.

Falso árbol. Puesto de observación en Messines.

   Estas excelentes fortificaciones, diseñadas especialmente para soportar un ataque de artillería, obligaron al alto mando británico a desarrollar una nueva táctica. La formación del suelo de Flandes, muy arcilloso, había facilitado desde el comienzo de la guerra la construcción de minas en este sector. Desde enero de 1917 varias compañías de ingenieros habían comenzado a minar la sierra en previsión de un futuro ataque. Bajo la capa inicial de arena, se encontraba otra de una arcilla azulada que los zapadores debían ocultar, pues su detección por parte de la aviación alemana podía revelar la situación de las minas. Los alemanes también cavaban sus propias minas o contraminas para detectar las del enemigo. Para junio los ingenieros británicos construyeron en total 22 minas (la más larga superaba el medio kilómetro), una de las cuales fue descubierta por los alemanes y neutralizada. La carga explosiva total era de unos 450.000 kg.

   La misión le fue encargada al II Ejército del general sir Herbert Plumer, de 60 años de edad, veterano de la guerra de los Boers. En 1915 sustituyó al general Smith Dorrien al frente del II Ejército y se destacó en la segunda batalla de Ypres. Desde entonces se centró en remodelar el mando de su ejército y se molestó es cuidar a sus hombres, lo que le otorgó el respeto y la admiración de sus soldados.

Batalla de Messines

General sir Herbert Plumer.

   El plan de Plummer era atacar tras el estallido de las minas, a lo largo de un frente curvo de 15 km sobre la cresta de Messines, con el objetivo principal en el centro de dicha línea, sobre la línea alemana de Oosttaverne, de unos 4 km de longitud. Plummer preparó 9 divisiones para el asalto y dejó otras 3 en reserva. El flanco izquierdo le fue asignado al 2º Cuerpo Anzac del general Godley, el centro al 9º Cuerpo de Hamilton-Gordon, y la derecha al 10º del general Morland.

  La fecha para el asalto fue fijada para el 7 de junio. Aproximadamente una semana antes comenzó un intenso bombardeo sobre las posiciones alemanas. La artillería del II Ejército fue reforzada con piezas de los otros ejércitos británicos, hasta sumar más de 2000 piezas. El bombardeo avisó a los alemanes de la zona donde los británicos iban a lanzar el ataque, eliminando el factor sorpresa, pero daba igual, la sorpresa en Messines debía conseguirse con el estallido de las minas.

Trinchera alemana tras la detonación de las minas.

   En la noche del 6 al 7 de junio, se desató una fuerte tormenta de verano. La artillería británica cesó el bombardeo, y los soldados alemanes comenzaron a regresar a las trincheras desde sus posiciones de retaguardia. A las 3:10 de la mañana, lo ingenieros reales hicieron detonar las minas. Según algunos testimonios de soldados británicos “donde algunos de nosotros mirábamos, la tierra tembló y se movió violentamente de un lado a otro”. La explosión llegó a ser registrada por varios sismógrafos en Inglaterra. Las minas destrozaron la primera línea de defensa alemana, formando enormes cráteres y volando fortines enteros. Se estima que alrededor de 10.000 soldados alemanes murieron por las explosiones.

   El fuego de artillería se reanudó de manera insistente, ayudados por varios globos de observación que vigilaban todos los movimientos de los alemanes. La artillería castigó tanto las posiciones de retaguardia del enemigo como las primeras posiciones del frente, creando una barrera de artillería frente a sus propias líneas, táctica que ya venía siendo habitual desde el año anterior.

   Inmediatamente después los soldados británicos y del Anzac salieron de sus posiciones, apoyados por unos 70 tanques Mark IV, y avanzaron sobre la primera línea enemiga. En ella, los alemanes que habían sobrevivido al estallido de las minas se encontraban confusos y desorientados, buscando un sitio donde cobijarse de los proyectiles británicos. La primera línea fue tomada al salto de inmediato, sin casi encontrar oposición, y los atacantes comenzaron a avanzar hacia la línea de cresta. Para las 5 de la mañana, el II Cuerpo Anzac había alcanzado las afueras de Messines, su principal objetivo. El 18º Regimiento de Baviera, que defendía el pueblo, lo había convertido en una auténtica fortaleza, con trincheras, fortines de hormigón, y puestos de ametralladoras. Un tanque británico atravesó el flanco izquierdo eliminando una ametralladora en la granja de Swayne, punto estratégico que defendía Messines. Los neozelandeses comenzaron a penetrar en el pueblo, que para las 7:30 ya estaba en manos aliadas. Tras la llegada de refuerzos, las unidades del Anzac comenzaron a avanzar a ambos lados del pueblo, capturando más posiciones enemigas, preparando el terreno para abalanzarse sobre la segunda línea alemana.

Howitzer británico en acción en Messines.

   Más al norte, la 36ª División del Ulster ocupaba el pueblo fortificado de Wytschaete a primera hora de la mañana. Los 2 extremos de la cresta de Messines habían sido tomados. Por detrás, la artillería británica comenzaba a avanzar hacia la primera línea alemana para proseguir con el ataque. Comenzaban a establecerse también puestos de primeros auxilios en el frente para atender a los heridos. Los meticulosos planes de Plumer se estaban cumpliendo a rajatabla.

   La infantería del II Ejército estaba preparada para atacar su objetivo final, la línea de Oosttaverne, tras una necesaria pausa de varias horas para que las tropas descansaran y la artillería se encontrará en posición para atacar. Todos los tanques disponibles y las unidades de reserva fueron enviados al frente para encabezar el ataque.

   Al mediodía, la 4ª División australiana encabezó el ataque apoyada por varios tanques y una barrera de artillería móvil, sobre la línea de Oosttaverne, el objetivo final del ataque. Las ametralladoras alemanas dispararon un fuego mortífero sobre los asaltantes, causando numerosísimas bajas, pero esto no impidió que los australianos comenzaran a penetrar la línea alemana, ocupando diversos puntos fuertes y silenciando poco a poco a las ametralladoras, gracias a la labor de cobertura realizada por los tanques británicos. Aunque los defensores alemanes ofrecieron una tenaz resistencia, finalmente se vieron superados.

Plan de ataque del Cuerpo Anzac.

   Pasadas las 15 horas, la totalidad de la sierra de Messines había sido conquistada, incluso, algunas unidades habían comenzado a descender por la ladera oriental. Las nuevas posiciones fueron rápidamente fortificadas y se detuvieron con éxito todos los contraataques enemigos.  El objetivo principal había sido cumplido en cuestión de horas, un éxito total para el II Ejército, aunque las bajas habían sido altas, unas 15.000. Los alemanes por su parte sufrieron unas 25.000 bajas, entre las que se incluyen unos 7.000 prisioneros capturados.

La mala lección de Messines

   La batalla de Messines fue un éxito total. Toda su planificación fue llevada al campo de batalla con una excelente meticulosidad. La combinación de todas las armas disponibles (aviación, artillería, tanques e infantería) demostró los éxitos que podían lograrse en el campo de batalla cuando se usaban de manera coordinada y efectiva. Messines fue, junto con la captura de la cresta de Vimy, una de las acciones mejor realizadas por el ejército británico hasta la fecha, y casi la única en la que todos los objetivos fueron cumplidos con éxito.

La Piscina de la Paz. Memorial situado en el cráter de la mina de Spanbroekmolen.

   Pero no todo tuvo su lado positivo. La victoria en Messines reafirmó en Haig su idea de que podía derrotar a los ejércitos alemanes en Flandes. No aprendió la lección. En Flandes, tierras bajas que se inundaban fácilmente, y donde el fango era un enemigo más tenaz que las balas enemigas (especialmente tras los daños sufridos por los sistemas de drenajes tras los constantes bombardeos), los alemanes desarrollaron un nuevo sistema defensivo, olvidando las líneas de trincheras y construyendo sistemas de refugios y fortines de hormigón, contra las que las simples descargas de artillería previa poco podían hacer. Haig estaba decidido a lograr su tan ansiada ruptura del frente, como ya había intentado el año anterior en el Somme. De nuevo sus hombres volverían a conocer el horror y la muerte, y miles de ellos quedarían atrapados en el fango de Passchendaele. Porque Haig no aprendió la lección de Messines.

 

Bibliografía:

  • Keegan, J.: The First World War. New York: Alfred A. Knopf, 1999
  • Livesey, Anthony: Grandes Batallas de la I Guerra Mundial. Editorial Optima, Madrid, 1995.
  • Parker, Geoffrey: Historia de la guerra. Akal, Madrid, 2010.
  • Terraine, J.:  The Road to Passchendaele: The Flanders Offensive 1917, A Study in Inevitability. London: Leo Cooper, 1977.
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